martes, 14 de abril de 2009

Un panqué


Hay recuerdos que quedan grabados en alguna parte de la memoria, no como imagen recurrente, son aquellos que suelen irrumpir en tu vida en los momentos más inesperados.

Cuando era niña jugaba por muchas horas con mi hermana, tuvimos una cocina, una radiodifusora, una tiendita y lo que no puede faltar en la vida de una niña, el salón de belleza. Como es normal con los años dejamos de jugar, crecimos y formamos nuestras familias.

Me encontraba en la cocina apunto de hacer panqués cuando coloqué la mantequilla en el sartén, y al percibir el aroma vi a mi madre entrar corriendo y con gran susto tirar al fregadero lo que estaba en un sartén caliente sobre la estufa, mientras preguntaba entre la angustia y el enfado “¿Qué se supone que están haciendo? ¿Saben que la cocina no es para jugar?”

Al instante me advertí con el cucharón repleto de harina en la mano mientras respondía bajito “un panqué”.

Regresé al instante con una gran sonrisa en mi rostro y el deseo de fundirme a mi marido en un cálido abrazo.

Tenía ocho años cuando mamá tiró en el fregadero lo que estaba sobre la estufa creyendo que era un juego más... y yo que sólo pretendía sorprenderlos con la cena.

Esa noche mi marido disfrutó de un panqué con sabor a la cocina de mi madre y mi sonrisa de ocho años.

* El próximo lunes cumpliré 31 años y quiero pastel de cumpleaños. Felicidades a Minumi y a Lui también.

miércoles, 18 de marzo de 2009

A pierna suelta


Suelo dormir a pierna suelta, sin remordimiento por disfrutar el calor de mi cama y el dulce arrullo de la almohada, cosa que no puede decir mi querido Daniel, ja, ni modo no todos podemos gozar de esos placeres, Morfeo tiene sus consentidos.

Sin embargo, cómo odio aquellas noches en que la lucha constante por acomodarse con la almohada terminan en diálogos sin sentido, ideas locas y sugerencias extravagantes para un futuro que se teje entre nubes y queda sobre algodones, te acosan las dudas que olvidaste en la almohada en noches pasadas. Solo o acompañado, dulce o salado.

Noches en las que los pensamientos te dicen al oído que no es bueno seguir ahogando los gritos, que de vez en cuando es bueno llorar y reír, disfrutar del sin sentido y te da por crear y descifrar o sufrir y cuando me da por sufrir recuerdo a Benedetti con su ‘Balada del mal genio’.

Hay días en que siento una desgana
de mí, de ti, de todo lo que insiste en creerse
y me hallo solidariamente cretino
apto para que en mí vacilen los rencores
y nada me parezca un aceptable augurio…

Mal genio, lucho para dejarle a un lado, pero es tan mío como los genes y los apellidos, a veces no se puede ir en contra de lo que eres, el reflejo en el espejo y los cabellos enmarañados, perder un calcetines entre las sábanas y pocas veces ganar la batalla.

Caminar una hora diaria para despertar y poner en orden las ideas debería ser suficiente para no pasar las noches desenredando telarañas y pensando que ‘ya me vi’ ganando el melate, prefiero la lucha con la almohada por el calor o la alegría y despertar abrazada a las cobijas, el sol sobre mi cara y un peludo de cuatro patas exigiendo la carrera al primer poste porque los árboles no son sus aliados para marcar territorio.

Y te sigo extrañando foquito y pienso en ti y te haces presente.

martes, 10 de febrero de 2009

... Héctor

Llueve…

La certeza de que está mejor y que cumplirá su promesa de cuidarme me da esperanza.
Cumplirá, como todo lo que prometía en vida.
¿Por qué de mí? No sé, hermanito pero lo agradezco.
Contigo el amor era entrañable, eras parte importante de él y es difícil desprenderse de lo que se ama, es probable que por eso no pudo despedirse de ti, eso no te hace menos importante en su vida, todo lo contrario, él conocía la fortaleza de cada uno.
Sabía quien podía escucharle y llorar con él su dolor y quien luchó con él hasta el último aliento por vivir, amar, reír…entre ellos estabas tú.
No tuviste la oportunidad de escuchar las palabras de Aura pero no hubo mejores: Gracias Dios por darme un tiempo con él y disfrutar de su compañía y por la gente que hoy está aquí para despedirlo, porque ellos me recordarán que son parte de la semilla de amor que él sembró en cada uno de nosotros.

Nos toca sembrar.

Mi estimado foquito, gracias por seguir iluminando, dale un fuerte abrazo a tu hermano que seguro te esperaba, como ahora, lo harás tú.

miércoles, 7 de enero de 2009

Ave Fénix


Normalmente el inicio de año te llena de esperanza, se tienen buenos deseos, se piensa en los pendientes y los miles de propósitos que deseas cumplir en los 364 días restantes. Este inicio de año me cambió la perspectiva o los hábitos.

Dos personas que amo están delicadas de salud, una de ellas me dijo ayer que ya fuera en este salón o en el otro me seguiría cuidando y que eso era un juramento, y que los juramentos no son palabras sino hechos. Una despedida inesperada, por más que uno crea estar preparado para ese tipo de eventos, no es verdad, lloré como hace mucho tiempo no lo hacía, deseaba tanto estar recostada en las piernas de mi madre y que me consolara, pero ella también se encuentra en la misma situación así que recurrí a los brazos de mi esposo y a la regadera esta mañana.

Me sentí mejor, dejé que mis sentimientos afloraran y me di cuenta, para bien, que todavía puedo conectarme conmigo y escucharme sin censura y recuperarme. Recordé lo terapéutico que es llorar, aunque siempre me ha molestado el dolor de cabeza que le sigue, gajes del oficio, diría mi abuela.

Hoy es un buen día y espero sigan los demás en la misma línea, después de aligerar la carga, los eventos se perciben con un halo de paz.

martes, 7 de octubre de 2008

Un adiós sin despedida


Hay eventos que dicen, no se deben contar para que no se salen, otros como los malos presagios, que son mejor decir para que no sucedan. ¿Qué pasa con aquellos eventos que deben suceder? porque es la ley de la vida.

Hace unos años el simple hecho de pensar que mi yaya algún día tendría que morir me causaba escozor, era mejor no pensarlo.

El fin de semana mi madre le dijo a mi esposo que mi yaya estaba muy mal, que ya no reconocía a la gente, que no quería hablar, ni comer y que era cuestión de tiempo para que ella se dejara morir.

“Se dejara morir” esa frase aún retumban en mi cabeza, hace unos meses una de mis tías se quejaba de que todo le dolía, que ya estaba vieja y que quería morir, mi abuela volteó a verla y le dijo “hija, ¿por qué quieres morir? si la vida es tan bella.

No puedo entender que una mujer con la que yo crecí, que pasaba horas platicando por las tardes, ahora, desee morir. Sobre todo después de recordarle a una de sus hijas que todavía valía la pena vivir.

Mentiría si digo que me he dado tiempo para visitarla, no ha sido así, no he podido ni ver a mis padres con la frecuencia que antes solía hacerlo. Y aunque no tendría por qué sentirme culpable, así me siento. Como si de alguna manera yo hubiera influido en su estado emocional.

Mi yaya ahora pasa de los 90 años, a esa edad ya pesan los años, la vida, la carne, pero sobre todo, la soledad.

Te amo yaya.

Si es momento de descansar, espero que Dios te escuche.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Huellas


Alcánzame el amor…
aunque sea invierno,
aún si tus huellas
ya no tengan un sentido.

Alcánzame el amor,
sin importar que las palabras
se te escapen con el viento,
y un susurro sostenga tus lamentos.

Alcánzame el amor
a pesar de que el tiempo
haya mermado tus sentidos,
tus deseos, tus gemidos

Alcánzame el amor
cada día, cada noche
en cada encuentro

Alcánzame el amor
sin importar que no te siento.

domingo, 31 de agosto de 2008

Mi peor pesadilla, realidad inevitable


Hay sueños que reconfortan, que alivia, sueños premonitorios, pesadillas, pero el dolor de creer perder a un familiar es peor que la misma muerte, mi peor pesadilla, la pérdida de mi padre.
Habían pasado unos meses de su cumpleaños (hace casi quince días lo celebramos) y me avisaban que lo habían atropellado y falleció por los golpes. Me quedé en blanco cuando desperté y recordé todo el sueño, sufrí y sufrí mucho.
Fue uno de esos sueños que te lleva toda la noche hilar la historia, despiertas y te das cuenta que no es real, pero duele y cuando logras dormir de nuevo continúa como si no hubieras despertado nunca.
En mi sueño transcurrieron cinco meses, nunca vi su cuerpo en un ataúd, no hubo funeral y de repente estaba en la última misa, que ahora es común en lugar del novenario, que de todos modos es terrible.
Lo que más se quedó grabado fue el momento en el que mi marido está a mi lado viendo todo el panorama y me decía que debía estar bien de nuevo, porque en su vida yo era parte de lo que le daba claridad y sentido a cada día. En ese instante me derrumbo y le digo con franqueza que no puedo, en ese momento no puedo, porque ni siquiera pude sentir su abrazo por última vez, un beso en la frente y que me dijera flaquita o hija y eso simplemente desgarra.
A mi familia siempre les he dicho que los amo, nunca he dejado de hacerlo y cuando lo digo, es más por la necesidad de sentir su cariño, no para escuchar un “yo también” es porque deseo que sepan cuanto les necesito aún en mi vida.
Sé que a veces no me escuchan, solo responden en automático, pero cuando me ven a los ojos, me sonríen y me responden con un beso, me reconforta, casi siempre olvido el estrés del día, el cansancio y las prisas. Así que pensar en la pérdida fue terrible.
Durante el sueño yo estaba muy ausente, no lo creía, pasaba mucho tiempo y yo estaba tranquila, sin dolor, sin luto, porque no podía creer que eso fuera verdad, de alguna manera yo sabía que eso no estaba pasando, sentía su presencia, así que su muerte me era ajena, lejana, irreal.
Recuerdo un diálogo con mi hermana “por lo menos pudo gritar con gusto que cumplió 69” le divierte decir que ha llegado a ese número y que él es el “seis” pero que le divierte más el nueve. Me pegó su ausencia y no dejé de llorar, cuando desperté estaba completamente empapada en sudor, tensa, me dolía la quijada y la espalda, mi esposo estaba en la ducha y mi bebé sobre mis piernas.
No lloré, sabía que había terminado todo, pero cada momento fue doloroso, ahora sé que si eso fuera real, lo que más me dolería sería no sentir sus brazos sobre mis hombros aunque me canse cargarlo, sus trompetillas cuando quiere atención, su risa, sus anécdotas que conozco desde pequeña, pero siempre cambia algún fragmento. Sus rabietas por querer comer algo que no debe, sus eternas peleas con mi madre por cualquier cosa, su tacañería y la herencia más directa con mi hermano, sentarse a comer sin importar que se acabe la comida y todavía falte que mi mamá se siente.
Antes de concluir el sueño, vi su cuerpo tendido en la acera y grite.
Espero que falten muchos años para que tenga que vivir esa experiencia, que sé es infame y no puedo evitar, porque hoy puedo afirmar que no la sobreviviría.
Te amo Lalona.